Nuevo régimen de historicidad
Mejía Madrid, Fabrizio. Disparos en la oscuridad. México, Santillana Ediciones Generales 2011.
El célebre silogismo aristotélico, cuya premisa mayor es “Todos los hombres son mortales”; y la premisa menor “Sócrates es hombre”, y la conclusión: “Sócrates es mortal”, no solo es un ejemplo de inferencia lógica, sino que su contenido, es un principio fundamental de la filosofía occidental: la mortalidad. En realidad todos los seres vivos mueren, solo el hombre es mortal. Esta proposición implica que sólo el hombre sabe su temporalidad, su estar, su existencia y en consecuencia su límite, su muerte. De este saber surge la necesidad del conocer, a decir de Marc Bloch, a los hombres en su tiempo, o para ser más directos para conocernos, producto de nuestras tradiciones y nuestros proyectos.
La historia alcanza su legitimidad con la ilustración y el romanticismo, siglo XVIII y XIX. No obstantes sus aportaciones, la crisis de la modernidad nulifica los principios en los cuales descansa la historia moderna: la razón, la idea de sujeto, y sentido. En esas circunstancias historiadores y filósofos, convergen y discrepan para encontrar nuevos regímenes de historicidad, en tiempos de la globalización y de un nihilismo apabullante.
Las propuestas son diversas: la regionalización geográfica o sectorial, la interdisciplinariedad. No obstante un acontecimiento fundamental que posibilita otras vías de comprensión del pasado la ofrece el llamado giro lingüístico. La propuesta es la siguiente: abandonar la filosofía de la conciencia y transitar a la filosofía del lenguaje.
En este horizonte teórico acontece un fenómeno interesante, el surgimiento de una novela histórica hecha por historiadores, y no por escritores de narraciones de ficción. Aquí hay un encuentro entre la ficción y la investigación sistemática. La metáfora en contextos metódicamente construidos, para algunos un absurdo y para otros un creativo modo de formalizar la memoria.
Un ejemplo de este régimen de historicidad es sin duda la obra de Fabricio Mejía Madrid. La biografía novelada, como se le tipifica, nos ofrece otra visión del genocidio del 2 de octubre de 1968. La vida del responsable confeso, utilizando la ficción como forma y la investigación como contenido, da la vida de un hombre, de extracción porfirista y católica, resulta incapaz de comprender el valor de las demandas de obreros y campesinos. Toda demanda evoca la experiencia de la Revolución Mexicana.
Con esa mentalidad ingresa a la política con Maximino Ávila Camacho, y desde ahí recorre los vericuetos de la estructura del poder rumiando frustraciones y amarguras hasta llegar a la máxima representación popular. Con ese poder se venga de su pasado en los jóvenes que lo único que aspiraban una democracia auténtica. Mejía Madrid, va construyendo, en un juego de tiempos y situaciones, la vida íntima, que a decir de su personaje, “único responsable”, pero no el único culpable.
En fin, el texto esta ahí para las generaciones que vivieron ese tiempo, y para que los jóvenes eviten el retorno a las formas arcaicas del ejercicio del poder. Y ese peligro no reside en el retorno o no del partido de estado, sino la incapacidad para enfrentar racionalmente los conflictos y la inactividad de la sociedad civil.
En su contraportada están las recomendaciones de tres autoridades en las letras y en el conocimiento de nuestra realidad nacional: Elena Poniatowska, Paco Taibo II y Luis Villoro.












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