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Galileo y sus descubrimientos

Mié, 15/02/2012 - 8:35pm
Lugar: 
Roma , Italia
Fuente: 
EFE

El 12 de marzo de 1610 se publicó en Venecia una revista monográfica de 58 páginas, con numerosas ilustraciones en xilografía, dedicada a contar las maravillas que durante aquel invierno Galileo había descubierto en los cielos. Como era usual en la época, la portada exhibía un largo titular: “Sidereus Nuncius Magna, longeque admirabilia...” Esta importante publicación se conoce universalmente por sus dos primeras palabras, cuya traducción más adecuada es “Noticia sideral”, o noticia de las estrellas.

El texto completo de la página inicial del Sidereus Nuncius dice así: “Noticia sideral que desvela visiones importantes y muy admirables y expone a los ojos de todos, pero especialmente de filósofos y astrónomos, las cosas que fueron observadas por Galileo Galilei, patricio florentino y matemático oficial de la Universidad de Padua, con la ayuda de un catalejo recientemente diseñado por él, sobre la faz de la Luna, innumerables estrellas fijas, la Vía Láctea y estrellas nebulosas. Pero especialmente sobre cuatro planetas que giran alrededor de la estrella de Júpiter con distintos intervalos y periodos a velocidad sorprendente; que, desconocidos por todos hasta este día, el autor descubrió recientemente y decidió llamar Estrellas Mediceas.”

Los orígenes del telescopio

telescopio-gal

El catalejo es el resultado de combinar dos lentes, una plano-cóncava y otra plano-convexa, en un tubo. Una de las lentes se sitúa cerca del ojo (el ocular) y la otra, en el extremo del tubo que apunta hacia el objeto (el objetivo). A finales de septiembre de 1608 el holandés Hans Lipperhey había diseñado un “artificio por medio del cual todas las cosas que están a gran distancia pueden verse como si estuvieran cerca”. Galileo tuvo noticia de la existencia de aquellos instrumentos en julio de 1609, y se puso a construir uno con un tubo de plomo, ensayando distintas lentes. Modificando los cortes de éstas, y puliéndolas él mismo, consiguió un aparato que acercaba mucho más los objetos. El 4 de agosto ya tenía un buen catalejo, pero siguió trabajando en él hasta el día 20, en que partió a presentarlo al Dux y regalárselo a la República de Venecia. Con el tiempo incrementó de manera muy notable la potencia de las lentes –según su propio testimonio hasta 60 aumentos– e hizo de aquel juguete un poderoso instrumento de investigación astronómica. El príncipe Federico Cesi, uno de los cuatro fundadores de la Academia de los Linces, fue quien en 1611 utilizó por primera vez la palabra telescopio para designarlo. Aunque no lo hubiera inventado, con los descubrimientos realizados tras el otoño de 1609, Galileo lo había convertido en instrumento de revolución científica.

En 1609 Galileo contaba 45 años y vivía en Padua, dando clases en la universidad, regentando una pensión de estudiantes donde –según ellos– había “buena cama y buena mesa” y ocupando gran parte de su tiempo en temas de física experimental, astronomía y matemáticas. Cuando oyó hablar de un nuevo instrumento que permitía ver de cerca los objetos lejanos no esperó para construir uno. Su primer catalejo no tendría más que tres aumentos, pero pronto consiguió mejorarlo. Durante tres semanas observó con detalle nuestro satélite, y dejó al menos ocho dibujos de la primera gran sorpresa: ¡La Luna tenía montañas!

Aquel descubrimiento causaría un gran impacto. Todo el mundo creía, siguiendo a Aristóteles, que el Sol y la Luna eran perfectos, como corresponde a cuerpos celestes. Según la cosmología aristotélica, mientras las cosas de nuestro mundo estaban formadas por los cuatro elementos –Tierra, Agua, Aire, Fuego– y eran imperfectas y cambiantes, todo lo que había de la Luna para arriba estaba formado por un quinto elemento, el Éter o Quintaesencia, y era por naturaleza perfecto e inmutable. Sin embargo, la Luna que el telescopio desvelaba a los ojos de Galileo no era lisa y uniforme, sino igual que la Tierra, con valles y montañas. Las observaciones astronómicas se sucedieron de manera sistemática, descubriendo también, entre otras cosas, que el firmamento posee muchas más estrellas que las que se observan a simple vista y que la Vía Láctea es un conglomerado de innumerables estrellas.

El descubrimiento que Galileo consideró más importante se refiere a los satélites de Júpiter. La fecha, histórica para la ciencia, es la del 7 de enero de 1610. Aquel día, a primera hora de la noche, observó tres estrellas, pequeñas y brillantes, en las proximidades de Júpiter que no había contemplado con otros telescopios de menor potencia. Aunque pensó que serían estrellas fijas, le llamaron la atención por estar en línea recta. En días sucesivos observó, con gran admiración, que su posición variaba con respecto a Júpiter, es decir, que no eran estrellas fijas, sino errantes. Galileo hablaría del descubrimiento de “cuatro planetas” que giran alrededor de esa estrella con gran celeridad.

El ver que existían cosas en el cielo girando alrededor de Júpiter encajaba bien con las ideas de Copérnico, de que nosotros no somos el centro. Además, Galileo había visto la luz que la Tierra refleja sobre la Luna, y concluyó que brillaba, como los planetas. Esos descubrimientos, junto con otros que realizó aquel mismo año, servirían para convencerle de que el sistema heliocéntrico era una realidad. Galileo maduró aquella idea durante más de veinte años y, empeñado en su libertad intelectual, la defendería públicamente, lo que le valió el castigo de la Inquisición.

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